Igual ahora que hace 500 años

Leyendo durante estos días un libro sobre la vida de Mateo Ricci, encontré unas páginas muy breves e iluminadoras sobre cómo debe encararse toda misión católica. En este campo no hay nada nuevo que inventar ni nada nuevo que decir que no se haya dicho antes.

Cuando Mateo Ricci llegó a la China con grandes deseos de predicar a finales del siglo XVI, se encontró con una ley del Emperador que decía más o menos lo siguiente: “De las puertas de los templos para adentro, hagan lo que quieran. De las puertas de los templos para afuera, está totalmente prohibido predicar. El que quiera predicar una religión, que lo haga con el ejemplo de sus buenas obras y no con las palabras de sus sermones”. La ley se debía a la cantidad impresionante de cultos que existían en la China de ese entonces, y el Emperador temía que los pueblos abandonaran la reverencia al estado para dársela a algún ídolo. Por otro lado, sus palabras eran sabias: la religión debe predicarse más con el ejemplo que con las palabras.

En pocas palabras, el gran secreto de estos misioneros consistió en conocer y manejar bien el idioma de los nativos, quererlos y hacerse querer, y predicar más con el ejemplo que con las palabras. Las obras de caridad de los primeros misioneros atrajeron más almas a Dios que todos sus sermones juntos.

Han pasado 500 años desde aquel momento, y los medios que debemos usar los misioneros siguen siendo los mismos: conocer el idioma, quererlos y hacerse querer, y practicar la caridad y la misericordia.

Aquí les dejo entonces una traducción libre de las pp. 38 y 39 del libro The wise man from the west, de Vincent Cronin, sobre la vida de Mateo Ricci.

“Francisco (…) sin tiempo para dominar las lenguas locales, convirtió a muchos por sus milagros, su presencia santa y sus heroicos actos de caridad. Estando solo en Asia, se sentía obligado a viajar de un país al otro, dejando a sus neófitos con poca vigilancia. Su sucesor italiano (el padre Valignano, maestro de novicios de Mateo Ricci), por otro lado, miraba al futuro no más que al presente. El creía que la conversión duradera iba a resultar del paciente conocimiento de las civilizaciones del Este. Él vio a los mercaderes portugueses y españoles no como privilegiados imperialistas, sino como un gran número de intrusos que serían expulsados cuando no fueran más útiles. Los misioneros, si querían permanecer, deberían ganarse el afecto de la gente adaptándose lo mejor posible a los hábitos locales y a las creencias de los indígenas. La humildad y el respeto deberían remplazar a la tradicional actitud de justicia y orgullo. Sobre todo, el cristianismo debía ser presentado en una manera en que los pueblos del Este pudieran entenderlo y apreciarlo.

Llegando a Macao en 1578 utilizó once meses estudiando el gobierno, las leyes y la religión de China, al igual que los fracasos pastorales del pasado. Desde la muerte de Francisco Javier se habían realizado numerosos intentos, de modo especial de parte de jesuitas y franciscanos, por poner un pie en China, pero todos sin éxito, porque los chinos, desde siglos aislados del mundo exterior, recordando las recientes invasiones de los tártaros y aterrorizados con los actos de agresión de los mercaderes portugueses, veían a todos los extranjeros como enemigos o espíritus malos. (…) Pero después de un detallado y empírico estudio de las dificultades que representaba, Valignano decidió hacer realidad el sueño de Francisco Javier. Él consideraba que China, que practicaba la tolerancia religiosa y admiraba la enseñanza, iba a estar naturalmente bien dispuesta para los ideales cristianos. Los misioneros, por lo tanto, debían lograr algo que parecía casi imposible, que ningún otro occidental había intentado antes: deberían aprender a leer, a escribir y a hablar en chino. Sólo de esta manera podrían explicar su doctrina y sus buenas intenciones, mostrándose ellos mismos como hombres sabios y superando la xenofobia que habían estimulado los mercaderes portugueses”.