Un poco de sacrificio

Sencillamente quiero copiar un texto que fue escrito por el padre Emilio Rossi, también él misionero del Instituto del Verbo Encarnado en Papúa Nueva Guinea desde el 2006 hasta finales del 2011.

¡Que lo disfruten!

P. Tomás Ravaioli, IVE
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Hace algunos días hemos escrito a nuestros amigos pidiendo que rezaran por una actividad que íbamos a realizar en nuestra misión. Se trataba de una “Jornada de jóvenes”, a la cual invitamos a todos los jóvenes de nuestras cinco comunidades para que pasaran un fin de semana en nuestra casa, y de ese modo tendríamos la oportunidad de darles algunas charlas, confesarlos, celebrarles la santa misa y jugar con ellos.

A pesar de que parece una actividad muy sencilla, aquí en Papúa no es fácil juntar 300 jóvenes, y que todo sea organizado por ellos. No es fácil darles un lugar para dormir (ya que muchos vienen desde muy lejos), darles de comer y, además, que todo salga bien.

Para esto se necesita mucho sacrificio… de parte de ellos, quiero decir… De todos modos sobre este punto no me extenderé más que esto.

A veces tenemos miedo o vergüenza de proponer a nuestros fieles un poco de sacrificio. Pero al cruzar esas ficticias barreras, uno permite a la naturaleza manifestar algo que ella encierra desde los momentos mismos después de la creación, a saber, la necesidad de reparar esa falta inconmensurable, original y fatal. Esta falta duele silenciosamente en el alma y busca de algún modo liberarse de esa aguda pena.

Cuando hacemos algún sacrificio en el silencioso secreto de nuestra más profunda naturaleza, es cuando mejor nos sentimos: nadie lo oye, nadie lo ve, sólo el Padre que está en lo secreto. Y esto sucede porque nuestra naturaleza caída se convierte en aquella tierra que clamaba desde sus más terribles profundidades por la sangre de Abel (Gen. 4,10). Ahora nuestra naturaleza en los pequeños sacrificios que hace, clama por la sangre por medio de la cual fue salvada: la Preciosísima Sangre de Nuestro Salvador Jesucristo.

 

En lo más profundo del alma yace casi como escondida la falta original y así por medio de esos sacrificios que sólo el Señor conoce, el silencio de Dios se deja escuchar y pide en mudos gritos la reparación. Es nuestra naturaleza que habla, es nuestra naturaleza que quiere pagar en la medida que puede, y en la medida que Dios quiere, mide y permite.

No hay sentimiento más dulce que sufrir en silencio por el Señor que sufrió tan silenciosamente por mí (Jn. 19,9; Mc. 14, 61; Lc. 23,9) para reparar aquella falta del origen.

El Padre Brochero lo experimentó con sus almas: muchísimas veces les propuso sacrificios a rudos hombres de campo, de montañas, y ellos los aceptaron como una demanda escrita en sus naturalezas. Yo, personalmente, tuve la oportunidad de vivirlo mirando muchos ejemplos en el tiempo del seminario, lo leí en los libros del amor a Dios, y ahora lo vuelvo a experimentar con jóvenes almas a nuestro cargo. Cuando sufrimos por amor la carga se hace liviana y el yugo llevadero.

Ofrecerles el suave sabor del sufrimiento que redime porque está unido al de Cristo es lo que estuvo en mi mente todo este tiempo, y me digo: ofrecedles ese silencioso sacrificio y sus almas serán libres en el Señor.

P. Emilio Rossi, IVE

Agosto de 2011

Misionero del Instituto del Verbo Encarnado en Papúa

 

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