De regreso en Papúa

¡Cuánto bien hace Dios a través de un misionero!

Unas líneas desde Papúa.

La verdad que cuesta hacerse el tiempo para sentarse a escribir. Hace tiempo que quería escribir y ahora que tengo la oportunidad lo hago con gusto, para compartir alegrías y experiencias con ustedes, mi querida familia religiosa.

Lo que escribo lo hago en un modo bien familiar, como también personal. Ideas o experiencias que he tenido y quisiera compartirlas, con mi familia primeramente (a ellos se los tengo prometido) y con todos ustedes. ¡Qué mejor modo de llegar a los amigos, compañeros del seminario, formadores y padrinos sino a través de una crónica!

Les escribo desde la Misión de St. John, ubicada en una pequeña isla (Kairiru), al este de Vanimo, Provincia de Wewek, en la que nos encontramos con los padres Miguel y Maximiliano. Más adelante, en otra crónica, les explicare el porqué de la isla, pero vamos en orden, que es mucho lo que quiero compartirles. La idea de fondo que me mueve a escribirles no es más que, “la necesidad de misioneros y el bien que Dios puede hacer por medio de ellos”

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Cuando volví a la misión después de mis vacaciones, a fines de febrero, me resolví a escribir algo. Creo que después de pasar tiempo en la misión hay cosas que se hacen cotidianas y que dejan de asombrar. Entonces ahora, al regresar, después de unas apacibles vacaciones con mi familia, el cambio fue muy fuerte, un gran contraste. Llegué un sábado por la mañana a Indonesia. Miguel me esperaba en la frontera de Vanimo; subimos a la camioneta y a eso de las dos ya estábamos en casa; ese mismo día por la noche fuimos a escuchar confesiones, como de costumbre, a las dos aldeas más cercanas (villas les llamamos): subimos a la camioneta, al llegar a la villa tocamos la campana y la gente comienza a acercarse, dos o tres horas seguidas de confesiones (tambien nos ayudaba un amigo sacerdote). El domingo siguiente, por la mañana, rezamos laudes, preparamos la mochila con la sacristía (las hostias, el vino, un equipito de audio con pilas) y, uno en la camioneta, otro en la moto, salimos hacia las cinco villas de la parroquia que nos esperaban para que les celebráramos la Santa Misa. En una de las villas más grandes, “Waramo”, al momento de dar la comunión realmente se me cansó el brazo de la cantidad de gente que se acercaba a comulgar (¡‘buena, Francisco Javier!  –dirán algunos– buscá ministros que te ayuden a distribuir la comunión y se acabó el problema!’). Es verdad que la solución sería poner más ministros de la Eucaristía, pero lo comento porque en aquel momento pensé: ¡que gracia la de haber sido llamado al sacerdocio y a la misión! ¡cuánto bien hace Dios a través de un misionero!, vale la pena dejar la patria, familia y todo aquel clima agradable de las vacaciones por Dios, por el bien de las almas. Y lo mismo le sucederá al misionero de Italia, Lituania, Rusia, China o América. ¡Cuántas confesiones, Misas, comuniones y sacramentos que diariamente se dan gracias a los misioneros! ¡Gracias a Dios, sí, pero Dios que obra a través de los misioneros, a través de la familia religiosa! Cuántos sagrarios, cuántas oraciones se elevan a Dios, cuántos sermones, catequesis, consejos, cuántos enfermos y ancianos que se visitan, jóvenes que se forman y fortalecen en la fe, ¡cuántas obras de caridad alrededor de todo el mundo!

La semana siguiente también fue bien especial, “contrastante” después de vacaciones. Sólo dos hechos de orden más anecdóticos. Por empezar tuvimos que guerrear con unos murciélagos exageradamente grandes (desconozco si tienen otro nombre) que habían tomado por lugar de reunión el árbol que justo da a la ventana de nuestra habitación. Más bochincheros de lo que pueden imaginar, nos despertaban varias veces por la noche. Conseguimos un rifle de aire-comprimido, con solo 10 balines, y esa noche los esperamos. La caza no fue súper exitosa, el rifle era viejo, había que cargar el aire varias veces para que tenga presión y luego disparar rápido, antes de que pierda el aire, pero sirvió para espantarlos, no han vuelto desde entonces.

Otra nueva o “renovada” experiencia al volver a la misión fue la lluvia. Yo de seminarista escuchaba a los misioneros hablar de que en su misión solo tenían dos estaciones en todo el año: “dry season” y “rain season” (“estación de sequía” y “estación de lluvia”). Me costaba entender cómo podían dividir así el año, me costaba entenderlo viviendo en San Rafael. Ahora lo entiendo, y cuando es estación de lluvias, llueve en serio.

Así llegó el domingo de Ramos, que amaneció bastante bien para haber sido una semana de “continuas lluvias” pues apenas tuvimos una pequeña llovizna. El p. Miguel se llevó el vehículo porque iba a las villas más lejanas y cundo llueve el camino es más peligroso y los ríos crecen mucho. Yo tomé la moto y una campera impermeable, lo cual me sirvió poco cuando comencé el viaje. A la primera capilla llegué bastante bien, aunque la procesión no la pudimos hacer porque llovía; la segunda capilla, aunque no muy lejos, fue lo suficiente como para llegar empapado, salpicando agua del zapato a cada paso. Pero llegué y la gente estaba allí, esperando, y con toda la iglesia adornada con palmas. Así como llegué busque a uno de los hombres al que le calculé mi talle y que sabía podría tener un pantalón largo para prestarme. En lo del pantalón extra le calculé bien, pero en lo del talle no tanto…mas con el cinto y la sotana arriba se solucionó muy bien. Así, al menos un poco más seco, comencé la Misa.

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Estos son hechos apenas anecdóticos, que por momentos me parece que pierdo el tiempo mío y de ustedes al escribirlos. Tal vez. Lo que me gusta del caso es ver cómo triunfa Dios, la misión, el misionero (que podría ser cualquier otro en mi lugar, y lo son en otras, sus misiones). Es una alegría vivir la misión, poder contar estas cosas, aunque en su momento no lo haya sentido así, porque en ellas creo se participa del combate y triunfo de Cristo. Me explico un poco más: semanas atrás recibí algunas noticias de la misión que me inquietaron un poco… hablando de estas cosas con un sacerdote, gran amigo mío, me dijo: “acuérdate lo de San Pablo: ‘nuestra lucha no es con los hombres, sangre y carne de este mundo sino contra fuerzas espirituales, principados y potestades que dominan las tinieblas de este mundo’… la nuestra es una lucha espiritual, contra el demonio, no pierdas el foco ni te inquietes, las cosas del mundo valen lo que vale el mundo”. Eso me dio mucha tranquilidad y alegría. El combate y triunfo está en celebrar los sacramentos, celebrar la Misa, predicar o simplemente estar misionando. Ahí toma más sentido el alegrarse por lo cotidiano, por el simplemente hacer lo que Dios te pide. Esa es la lucha, y el triunfo también.

Ultima anécdota. La semana pasada tuvimos un gran encuentro en una de las villas. Nos reunimos los tres sacerdotes, junto con los catequistas y toda la gente de la villa a tratar un tema: una de sus tradiciones, la de invocar el espíritu del muerto para que diga cómo y quién le causó la muerte. Fue un gran acontecimiento, nos reunimos por la noche, fuera de la iglesia al aire libre, unas sillas para nosotros y los catequistas y ellos todos sentados sobre el césped. Toda la villa estaba allí, escucharon con atención la exposición del p. Miguel, que explicó cómo es del desagrado de Dios mantener prácticas semejantes y cómo es necesario dejar de hacerlo, aun cuando sus antepasados lo hacían, porque hoy ellos conocen a Dios y a Jesucristo, y por tanto sus vidas y costumbres no pueden estar al margen del Evangelio. Todo fue bien escuchado y tuvo buena aceptación en general. Pero cuando ya estábamos cerrando el encuentro se levantó un hombre, un “Bik Man” (autoridad o anciano de gran autoridad para ellos), y comenzó a hablarnos fuerte, defendiendo sus raíces y diciéndonos que no nos metamos en sus costumbres y que nos pongamos a trabajar con los jóvenes y otras necesidades que tiene la gente. Yo no pude responder nada en el momento. Miguel respondió muy bien como lo pedía la circunstancia, con humildad y respeto, para no agravar la situación. Todo terminó muy bien, todos contentos. Yo me quedé pensando toda la noche y la mañana siguiente lo que le podría haber respondido y argumentado a ese “bik man”. Me quedé un poco “alterado internamente al reflexionar”, por decirlo de modo decoroso. Luego me di cuenta, ¡qué gil! Esa noche fue un éxito, dijimos todo lo que había que decir, el demonio se tiene que haber quedado re caliente y una vez más triunfó Cristo en la misión. Lo que nos dijo ese hombre quedó ahí en el aire o tal vez en la memoria de alguno, pero ese no es nuestro objetivo en la lucha. La lucha y la victoria fue contra satanás, y esa noche ¡se la dimos! Qué paz y alegría que tuve al darme cuenta ¡Qué gusto luchar con Cristo!

Bueno, perdón si me alargué demasiado en la reflexión, pero esto fue lo que me estuvo dando vuelta en la cabeza en estas semanas. Ahora estoy en una isla, Kairiru, y de esto también quería contarles un poco, pero será en otra crónica.

Unidos en la Oración

P. Martín M. Prado, IVE

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